lunes, 3 de noviembre de 2008

Tranquila y tempestuosa

Hoy me di cuenta de que soy como el mar: tranquila y tempestuosa.

Mi alma no fue creada para estar encerrada en un cuerpo. Necesita ser libre; viajar, correr, volar, sentir. Es salvaje y violenta, como las olas al romper contra la superficie de su misma escencia. Pierde la noción de su propia fuerza y arrasa con todo lo que encuentra a su paso; lo secuestra, lo sepulta, lo absorbe. Se da cuenta de su poder y se siente sublime, se hincha de orgullo y despliega sus encantos. Pero se percata de que ello no es bueno y se repliega en la pleamar de sus sentidos. Su chispa se apaga y se vuelve pasiva, cual aguas saladas en un día celeste. Pero no la satisface ese estado de paz permanente y un nuevo detonante la vuelve a su modo inicial de existir, empezando nuevamente aquel círculo vicioso. Ella sabe que de daño es causante, pero no una solución para remediarlo. Esta conciente inconciencia la asemeja al gélido mar que hoy roza cálidamente mis pies. Se cree única en su tipo y se siente sola. Se cierra en sí misma y se muestra fría, distante. Pero entonces aparece algo nuevo, alguien nuevo. Un alma similar a ella, pero no igual. Se da cuenta de que su forma de ser la hace singular, pero no única. Nota que necesita de otros para seguir viviendo. Pero no cualquier otro, sino esa otra alma.

Mi alma necesita de tu presencia... Tan tranquila y tempestuosa.