domingo, 10 de mayo de 2009

Catástrofe sentimental

No estaba sola, estaba contigo.

Sin embargo, la distancia emocional era tanta, que sentía que nos separaba un vacío infinito a pesar de que podía tocar tu mano con tan solo estirar la mía. El dolor me carcomía por dentro, la frialdad era tu aliada. Mis latidos pedían desesperadamente una palabra tuya, pero nada.

Frío, frío, frío.

El viento y la nieve se habían llevado el calor que una vez irradió tu sonrisa.
- ¿Por qué? - pregunté.
Ni un gesto, ni un sonido como respuesta. Tu inexorable presencia permanecía así, estática, estable.
- ¡Quiero una respuesta! - exclamé.
Y nada.
- ¡Te exijo una respuesta! - ordené.
Y nada.
- Por favor... Dame una respuesta... - imploré.
Silencio, silencio, más silencio.
El silencio más horrible y tortuoso que había oído jamás.

No podía más, la agonía sobrepasaba los límites que mi cordura y mi cuerpo podían soportar. Y tú con esa calma tan característica de tu persona, pero a la que en aquel momento aborrecía más que a mi propia existencia. Lo único que me mantenía en pie eran tus promesas, promesas vacías que tenía aferradas entre mis manos y luchaba para que las ráfagas que emanaban de tu imperturbable presencia no se las llevaran lejos.

- Por favor… Te amo... ¿Acaso no puedes amarme también? - supliqué - una vez lo hiciste, o al menos me quisiste. Aunque sea contéstame una frase, una oración, una palabra. Una sonrisa. ¿Es mucho pedir que me dediques tan sólo una última sonrisa?

Al parecer lo era. Al  mirar por última vez tus inexpresivos ojos, comprendí que todo lo que alguna vez había sucedido entre nosotros se había extinguido para siempre.

Con un último grito de agonía rompí una ventana con el puño de mi mano. Tomé un cristal especialmente filoso con mi mano ensangrentada, cerré los ojos, imaginé tu rostro resplandeciente, otra vez lleno de alegría... Y presioné.

El dolor físico experimentado era el remedio más dulce para mi atormentado corazón. Unas lágrimas brotaron de mis ojos, sonreí y caí. Recostada en el suelo, ya en el descanso y sueño eterno, era feliz. 

Mi cuerpo había dejado de sufrir, mi alma había cesado de sentir, mi corazón había abandonado su latir. La chica que una vez te amó había dejado de ser una molestia para ti. Aquella inocente y ferviente enamorada había dejado de vivir.

No hiciste una sola muestra de asombro. Mientras pequeños ríos de sangre emanaban de mi herida, te revolviste un poco el pelo. Miraste por unos segundos mi inerte cuerpo y pusiste las manos en tus bolsillos, todavía sin otorgarle la más mínima importancia a mi existencia. Finalmente, como si un aburrido espectáculo hubiera llegado a su fin, diste la media vuelta y te fuiste tranquilamente de allí.