lunes, 1 de noviembre de 2010

Ni que fuera a casarme con el destino

Un cincuenta por ciento de la población mundial cree en las casualidades. La otra mitad, en el destino. Entonces, como decía Tom Hanks en la conocida película La Terminal hay un “fifty-fifty” de posibilidades. Pero no quiero ir a New York o quedarme como residente vitalicia en un aeropuerto, no. Simplemente, estoy analizando hechos, con sus correspondientes causas y consecuencias, tratando de decidir si son una mera coincidencia o es algo preestablecido, que ya debía ser. Siempre creí que, si bien hay un plan perfecto, divino, para cada uno, las personas podían forjar la vida a su manera. Todo lo que sucedía alrededor debía ser una mera coincidencia, que acompañaba a su pasaje por la bonita etapa terrenal. Pero con el tiempo, comencé a vislumbrar que ciertos acontecimientos no eran fruto de una fortuna inesperada, sino que eran pequeñas “cosas” que permitían entrever un futuro que estaba más allá, aquel al que sería idílico llegar.

Pero claro, siempre se habla de un destino. Y aquí surgió mi problema. Yo tenía dos. Ambas ideas con sus correspondientes casualidades y su pequeña “partecita” que también las hacía parecer el Plan. Ufff. Difícil, difícil, difícil. Un nuevo “fifty-fifty”. Y dentro de éste, en una de esas dos mitades, aparecía una subdivisión más, ésta vez, entre el destino y la casualidad. Es que esta última, tiende a acumularse y a condicionarte tanto, que terminás creyendo que es el destino. Y ahora me doy cuenta de que, como de costumbre, me estoy enredando en una maraña de palabras y expresiones que dificultosamente podrían ordenarse para dotarlas de cohesión entre sí. Es que claro, como la sabia Laura Hunt sostenía… “Puedo escribir encabezamientos dramáticos seguidos de argumentos llenos de unidad, coherencia y énfasis. Pero cuando pienso en mí misma, mi mente gira como un tiovivo.”

Tal cual. No podría describirse mejor la situación. Ya no es como cuando eras chiquita, que todo era súper simple. Con un par de frases, un beso y un abrazo arreglabas todo. Una amistad podía volver a sellarse simplemente con enlazar los dedos gordo e índice de cada mano como dos alianzas unidas. Una herida podía curarse con un besito y la canción de la colita de la rana. Un amor podía declararse escribiendo una tierna e infantil notita de amor.

Ahora es todo más complicado. Ya no bastan las palabras, las acciones a veces sobran y los sentimientos desbordan ante la represión a la que una los somete. ¿De qué hablaba? Ah, sí. De mi “fifty-fifty”. No alardeo cual historiadora o aumento utópicamente sentimientos terrenales. Simplemente escribo lo que mi mente me dicta, lo que mis dedos atinan a acertar en el teclado. Y todo gira alrededor de esa mezcla de coincidencias inusitadas y destinos preescritos. Y ahora, repentinamente, la inspiración me abandonó. Será que el sueño amenaza con amortiguar mis sentidos y desplazarme al descanso por unas cuantas horas. Solamente queda por decirle al destino que me molesta mucho su inescrutable misterio. Y que, si es tan amable, deje de jugarle malas pasadas a una mente tan volátil como la mía. En resumidas cuentas, que hable ahora o calle para siempre.





lunes, 18 de octubre de 2010

En tu espera

Hace mucho tiempo me contaron
que dentro de un barco gigante
navegaba un alma solitaria
en busca de algo importante.

Pasó meses a la deriva
sin un rumbo prefijado,
más cuando quiso acordarse
vio que había naufragado.

Palmeras, rocas y arena
se convirtieron en el lugar
donde las trivialidades del destino,
conformaron su humilde hogar.

En una vivienda precaria
durante un tiempo vivió,
más la soledad que le rodeaba
su insondable tristeza aumentó.

Los deslumbrantes atardeceres
pronto le parecieron vacíos,
sus ojos comenzaron a asemejarse
a los cristalinos y caudalosos ríos.

Era evidente que algo le faltaba;
probablemente, un alma compañera
que le custodiase por las tardes,
le quisiese siempre y no se fuera.

Mas no por nada llaman isla desierta
al lugar donde no habita la gente,
sitio donde la soledad será parte
del pasado, del futuro y del presente.

El alma solitaria tardó en comprenderlo
muchos años, casi un siglo, una vida.
Y es así que ahora llora su desconsuelo
al saber que la alegría está perdida.

Si algún día pasas, amigo, por dichas tierras
no te asombres de oír en la zona costera
los profundos clamores de aquel alma
que desahuciada llora en tu espera.


miércoles, 1 de septiembre de 2010

Si la montaña no va a Mahoma...

¿Cuánto vale arriesgarse por algo incierto? ¿Asumir un papel ajeno por una fugaz eventualidad? Muchas personas hablan de que siempre vale la pena jugarse, intentar cambiar el destino, seguir los impulsos. Si la montaña no viene a Mahoma, entonces Mahoma irá a la montaña. Pero, ¿y si la montaña resultase ser un precipicio? Si de pronto uno se encontrase cayendo en un abismo sin final, ¿qué lo sacaría de allí? ¿Quién lo sacaría de allí? Desde luego no la montaña, porque la montaña no existía.

Entonces, con ese criterio, jamás habría que aventurarse en lo desconocido, animarse a más. Y así, jamás se podría discernir si lo que parece un montecito de lejos, es realmente una cordillera o simplemente un espejismo. Pero uno está seguro de que la montaña que está allí es real, tangible, substancial. Y que Alguien –exacto, con mayúscula- la puso en ese lugar por un motivo particular. Pero a su lado, también hay otras elevaciones, que parecen haber sido puestas también por Él. Pero hay un problema. Los caminos que llevan a ellas son completamente distintos. Podría uno arriesgarse y elegir cualquiera, al azar. Pero, en caso de ser el equivocado, tomaría demasiado tiempo regresar y comenzar la travesía desde cero.

Además, entre todos ellos, hay uno que interesa en particular. Es el camino que lleva a una montaña que, aunque quizás no sea la más atractiva, parece ser la que satisface la mayor parte de los ideales personales. El problema es que aquella montaña está tan lejos, que parece no darse cuenta de que hay una persona que está preguntándose si debería arriesgarse por ella o no. Quizás, porque en una superficial comparación, ese ser humano es poco más que algo insignificante. O quizás, solo sea que desconoce su existencia.

Por ende, es irrefutablemente dudoso que la montaña vaya a Mahoma. Y es así, que en su pequeña e intrascendente vida, Mahoma tendrá que empezar a plantearse seriamente un asunto… Si la montaña no viene a mí, ¿tendré que ir a la montaña?



miércoles, 17 de marzo de 2010

Pinceladas de un alma pesimista

Es difícil describir como tu propia esencia abandona tu cuerpo, cuando realmente no tienes la noción de ello hasta que ya es demasiado tarde. Los cambios se van desarrollando de una manera tan sosegada que es casi imposible notar que acontecen, hasta que la metamorfosis ha avanzado lo suficiente como para poder impedir su retroceso.

El primer sentimiento que acude a uno cuando lo nota, es la impotencia. Impotencia de saber lo que se desperdició, impotencia por sentirse utilizado por la masificación de la sociedad, impotencia por haber hecho trocitos lo que alguna vez fuiste. Seguidamente, se siente tristeza. Tristeza de saber que lo perdido ya no volverá, tristeza por sentirse ajeno a uno mismo, tristeza por haber comprendido que ni aún así uno logra encajar. Y finalmente, recae en uno el abismo. Aquel horizonte infinito y vacío a su vez, en el que uno ve reflejada la brecha que abrió en sí mismo y que tan imposible resulta de rellenar como de encontrar su principio y su final.

Es que la cuestión es así de simple, como de complicada. Al entender que tu vacío es infinito, terminas por aceptar que esa brecha siempre estuvo, que se abrió en un punto remoto, que pudo haber tenido lugar tanto segundos como años atrás. Pero, ¿cómo darle un comienzo a lo que no tiene principio ni final? En el preciso instante en que lo haces formar parte de tu presente, se adhiere al pasado, logrando engañarte de manera tal que lo veas como algo que siempre fue así y que no tiene por qué dejar de serlo.

¿Cómo darse cuenta de que hay una brecha adentro de uno? No lo sé. Supongo que simplemente se siente. O quizás, no se siente. La carencia de sentido es lo que le otorga la realidad a lo inexistente, a aquel agujero en tu propio ser. Pero es engañoso. Hasta el punto en que puede parecer que la creencia de que la falsedad reinaba en el alma sea meramente una ilusión de una mente intranquila, una mala jugada de una psiquis revoltosa.

Así y todo, no importa. La cuestión es que, brecha o no brecha, tratando de ser alguien más, me di cuenta de que “yo” ya no existía.


domingo, 14 de febrero de 2010

A palabras hiperbólicas, oídos peripatéticos

Estaba resumiendo el precioso -sarcasmo- libro de Introducción al Saber. Que si vamos al caso no es tan feo, porque tiene un buen diseño de tapa; pero el caso es que su contenido, a pesar de ser interesante, es demasiado abrumador para aprendérmelo de la eficaz manera que la profesora desea. La cuestión es que me encontraba inmersa en sus atrapantes páginas (sí, esas nuevas que vienen ahora, con garras al estilo Wolverine, son el último grito de la tecnología -es que sí, si te agarran, gritás de lo lindo-), cuando mi atrevido resaltador tuvo la osadía de acabarse. Después del ímpetu pasajero de apretujarlo contra las hojas para exprimir sus últimos hálitos de vida, decidí darme por vencida y concluir mi tarea de estudio. Bueno, solo en parte, porque gracias a ese imprevisto, planeé pasar a la computadora lo que tenía resumido.

El caso es que después de escribirle unas palabras a cierta amiga, algo extraño comenzó a suceder dentro de mí. Y no, no eran gases. Resulta que esa especie de “yo interior”, divagador y poco conciso que siempre tuve y que últimamente estaba ausente, apareció de pronto, sin llamar a la puerta de mi mente. Es que son esas cosas de que en época de estudio uno gasta toda su energía en ello (MENTIIIIRA) y no le quedan más puntos enérgicos para comprarse una puerta nueva. Eso de asaltar a las inteligencias está muy de moda, como vaciar casas en Villa Gesell. Y la mía fue asaltada. Por quién, no sé. En realidad inventé todo esto porque quería decir que la puerta de mi mente estaba abierta, cosa que, siendo tan olvidadiza como soy, no sería raro que me la hubiese olvidado yo ahí “sinónimo de abierta que ahora no se me ocurre” de par en par. No, no me gusta repetir palabras.

Y bueno, volviendo a lo anterior, por enésima vez (no creo que hayan sido tantas, pero bueno, dejemos que mi imaginación sea libre como un perro con los calcetines de la abuela Paca), comencé a recordar cosas de cómo solía ser yo antes, una niña loca y descuageringada -¿existe?- que decía cosas que nadie comprendía. Y como hasta hace unos meses atrás yo era igual de insana, por decirlo de alguna manera. Pero era una insanidad de la sana –jé-, de esa que te hace reír con sus tonterías. Tener poca hilación mental, o demasiados hilos enredados entre sí en el cerebro, siempre fue una de mis más mejores facultades. Después de toda esta perorata, lo que quería decir es que ese “regresar” a mi “¿para qué ser cuerda si no quiero ahorcar a nadie?” se sintió bonito. Más bonito que el ruido que hizo mi mano al aplastar el mosquito que tuvo la indecencia de posarse sobre mi brazo para alimentarse con mi preciosa esencia vital. Y me dieron ganas de citarme en uno de mis años mozos, cuando tendría no más de ocho años, y escribía cosas raras:

“Hastreoporosis
Enfer. en la que hay que hacer ejercicios y “uir” de este país las barbies pintadas se pueden salvar pero no sacarse la enfer. de encima nunca más y las que no están pintadas pueden morir. Corran y naden lo más lejos posible de todo lo argentino”

Ahora me doy cuenta de que cuando era pequeña escribía con acentos. Qué cosa. Bah, en realidad no es una cosa, porque el acento es algo intangible. Uno puede hacer una representanción del mismo, pero el acento como tal es tan solo una idea. Y esto me remonta nuevamente a Introducción al Saber. Que maravilloso es aprender cosas nuevas. O recordar las que creíamos olvidadas. Yo, por ejemplo, volví a recordar que esa enfermedad de las Barbies se llamaba Hastreoporosis. Lo que es una niña que lee mucho y después delira a partir de lo que conoce pero no recuerda con exactitud. Podría cerrar esto con la típica frase que escribía siempre en mi diario íntimo: “¡Yo quiero mucho a mi pueblo!”, pero no lo haré, pues podría llevar a que alguien haga una relación entre ciertas políticas y mi persona y, como buena estudiante de una universidad que no inculca ideas políticas a sus estudiantes, debo contribuir a que mis admiradores (vaya cosas que dice esta chica) tampoco se contaminen con ellas.

Definitivamente, tomar tereré me afecta.

C’est fini.