domingo, 14 de febrero de 2010

A palabras hiperbólicas, oídos peripatéticos

Estaba resumiendo el precioso -sarcasmo- libro de Introducción al Saber. Que si vamos al caso no es tan feo, porque tiene un buen diseño de tapa; pero el caso es que su contenido, a pesar de ser interesante, es demasiado abrumador para aprendérmelo de la eficaz manera que la profesora desea. La cuestión es que me encontraba inmersa en sus atrapantes páginas (sí, esas nuevas que vienen ahora, con garras al estilo Wolverine, son el último grito de la tecnología -es que sí, si te agarran, gritás de lo lindo-), cuando mi atrevido resaltador tuvo la osadía de acabarse. Después del ímpetu pasajero de apretujarlo contra las hojas para exprimir sus últimos hálitos de vida, decidí darme por vencida y concluir mi tarea de estudio. Bueno, solo en parte, porque gracias a ese imprevisto, planeé pasar a la computadora lo que tenía resumido.

El caso es que después de escribirle unas palabras a cierta amiga, algo extraño comenzó a suceder dentro de mí. Y no, no eran gases. Resulta que esa especie de “yo interior”, divagador y poco conciso que siempre tuve y que últimamente estaba ausente, apareció de pronto, sin llamar a la puerta de mi mente. Es que son esas cosas de que en época de estudio uno gasta toda su energía en ello (MENTIIIIRA) y no le quedan más puntos enérgicos para comprarse una puerta nueva. Eso de asaltar a las inteligencias está muy de moda, como vaciar casas en Villa Gesell. Y la mía fue asaltada. Por quién, no sé. En realidad inventé todo esto porque quería decir que la puerta de mi mente estaba abierta, cosa que, siendo tan olvidadiza como soy, no sería raro que me la hubiese olvidado yo ahí “sinónimo de abierta que ahora no se me ocurre” de par en par. No, no me gusta repetir palabras.

Y bueno, volviendo a lo anterior, por enésima vez (no creo que hayan sido tantas, pero bueno, dejemos que mi imaginación sea libre como un perro con los calcetines de la abuela Paca), comencé a recordar cosas de cómo solía ser yo antes, una niña loca y descuageringada -¿existe?- que decía cosas que nadie comprendía. Y como hasta hace unos meses atrás yo era igual de insana, por decirlo de alguna manera. Pero era una insanidad de la sana –jé-, de esa que te hace reír con sus tonterías. Tener poca hilación mental, o demasiados hilos enredados entre sí en el cerebro, siempre fue una de mis más mejores facultades. Después de toda esta perorata, lo que quería decir es que ese “regresar” a mi “¿para qué ser cuerda si no quiero ahorcar a nadie?” se sintió bonito. Más bonito que el ruido que hizo mi mano al aplastar el mosquito que tuvo la indecencia de posarse sobre mi brazo para alimentarse con mi preciosa esencia vital. Y me dieron ganas de citarme en uno de mis años mozos, cuando tendría no más de ocho años, y escribía cosas raras:

“Hastreoporosis
Enfer. en la que hay que hacer ejercicios y “uir” de este país las barbies pintadas se pueden salvar pero no sacarse la enfer. de encima nunca más y las que no están pintadas pueden morir. Corran y naden lo más lejos posible de todo lo argentino”

Ahora me doy cuenta de que cuando era pequeña escribía con acentos. Qué cosa. Bah, en realidad no es una cosa, porque el acento es algo intangible. Uno puede hacer una representanción del mismo, pero el acento como tal es tan solo una idea. Y esto me remonta nuevamente a Introducción al Saber. Que maravilloso es aprender cosas nuevas. O recordar las que creíamos olvidadas. Yo, por ejemplo, volví a recordar que esa enfermedad de las Barbies se llamaba Hastreoporosis. Lo que es una niña que lee mucho y después delira a partir de lo que conoce pero no recuerda con exactitud. Podría cerrar esto con la típica frase que escribía siempre en mi diario íntimo: “¡Yo quiero mucho a mi pueblo!”, pero no lo haré, pues podría llevar a que alguien haga una relación entre ciertas políticas y mi persona y, como buena estudiante de una universidad que no inculca ideas políticas a sus estudiantes, debo contribuir a que mis admiradores (vaya cosas que dice esta chica) tampoco se contaminen con ellas.

Definitivamente, tomar tereré me afecta.

C’est fini.