miércoles, 21 de diciembre de 2011

Incurable corazón

Me gustaría que me observaras a los ojos. Nunca tuve la oportunidad de regalarte una mirada profunda, quizás por timidez, o tal vez sólo por tonterías. Pero quisiera hacerlo ahora, antes de que sea demasiado tarde. Porque... Nunca se sabe cuándo tu corazón dará su último latido o cuándo tus pulmones cesarán de respirar. ¿Y qué sería de mí si llegara ese momento sin haberte dicho lo mucho que te quiero? Así de simple, tal como lo oyes. Te quiero.

Esperabas algo mucho más rebuscado de mí, ¿verdad? Pero es que cuando pienso en ti, no hay más vueltas que darle al asunto. La montaña rusa se transforma en una carretera llana. Y aún así, mis sentidos no dejan de gritar. Es la estupidez del amor, como bien suele repetirme una amiga -y algunas publicidades de bebidas-.

El amor me vuelve idiota. 

Mas no de un modo ligero y poco perceptible. Absoluta e irrevocablemente tarada. Si es que hasta creo que me arrojaría de un séptimo piso por verte pasar caminando por la acera. Difícil de creer que aquella persona completamente convencida de que todo lo que al amor respectaba eran puras patrañas, ahora haya caído en las irresistibles garras del sentimiento por excelencia. Y es que por mucho que quiera evadir la escabrosa verdad, eso soy... Una pobre tonta, incurablemente romántica.

Mon dieu. Que alguien me ayude a escapar de la flecha que Cupido me ha lanzado, o serias resultarán ser las consecuencias. Aunque mejor sería que convenciera a aquel endemoniado pequeñajo para que le lance una saeta con mi nombre grabado a fuego a cierta persona. Oh, joder, ya calla, corazón, deja de hablar y duérmete de una buena vez. Yo desfalleceré contigo. Y no despertaré hasta que él llegue a levantarme de mi letargo con un beso. Después de todo, por mucho que me esfuerce en negarlo, todavía creo en los cuentos de hadas.


martes, 20 de diciembre de 2011

Mejor tarde que nunca

Durante todo el día de hoy, se me fueron ocurriendo diversas ideas para realizar prácticamente un sinfín de entradas. Sin embargo, aplacé el momento de dejar a un lado los libros de Química para ponerme a escribir, intentando así ser responsable. Nunca hago esto. Por lo general, apenas la inspiración acude a mí, destierro al resto de mis ocupaciones de una forma casi despótica y desboco todos mis sentidos hacia la marea de pensamientos que surgen de mi mente.

Y finalmente, cuando llegó el momento en el que mi cerebro ya no procesaba absolutamente nada de fórmulas, equilibrios y reacciones, creí que era el momento propicio para dejar viajar mi imaginación hacia los recónditos lugares que horas atrás había pensado. Sin embargo, me asombré al descubrir que mi mente estaba totalmente vacía. Salvo algunos recuerdos ñoños de una de esas típicas películas adolescentes cuyo final alcancé a ver mientras comía una fruta, no había absolutamente nada.

¡Pero... demonios!

¿Y ahora que hago? ¿Qué escribo? ¿Siquiera debería escribir? Uff. Al momento de armar este blog, creí que lo utilizaría netamente con fines literarios. Pensé en recopilar gran parte de mi labor de toda la life, cosa que hice con los escritos que logré hallar entre la maraña de desperdicios que hay en mi habitación. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que este tipo de monólogos desvariciosos (palabras inventada, oh yeah!), comienzan a hacerse cada vez más frecuentes. Pobre de mí. Y de todo aquel que lo lea. Sé por experiencia propia, que nada bueno puede salir de estas cosas. Si alguien leyera mi diario de niña... Tenía serios problemas mentales, estoy totalmente segura. Y un grave problema para socializar con la gente, cosa que últimamente se me está dando un poco mejor. 

La cuestión es que... Con consciente inconsciencia, a mis entradas les fui dando color según el estilo. Incoherencias, en gris clarito, mística literaria, en gris oscuro, textos ajenos, en colorcitos varios. Creo que alguno de estos días en los que tenga más tiempo, voy a volver sobre mis pasos -o mejor dicho, sobre lo escrito- y le voy a poner más categorización cromática, que queda chachi.

Ay, esa palabras me hizo acordar a Diez cosas que odio de ti. Cómo se la bancaba el profesor de literatura. Y Heath Ledger... Que en paz descanse.

Later!



viernes, 16 de diciembre de 2011

El mañana empieza hoy

Hoy es día de purgar las penas del corazón, de arrojar a un lado al fracaso, al odio y la razón. Ya es tiempo de que las mentiras se transformen en verdad. Voy a cerrar las puertas al pasado y no mirar atrás. 

Hoy es día de un cambio, de una transformación. Ya es tiempo de hurgar en los rincones del alma que jamás fueron explorados, no sea cosa que mañana sea demasiado tarde. Y así empezar de nuevo, por vos.

Hoy es día de abandonar todo lo que antaño me hizo mal, de recibir el bien y forjar la paz. Ya es tiempo de hacerte una promesa, de jurarte que a partir de ahora, todo va a cambiar. Si vas a ser mío, quiero merecerte.



jueves, 8 de diciembre de 2011

Beware motherfuckers!


Como aproximadamente una o dos veces por año me sucede, hoy no tengo ganas de entrar en la monotona filosofía. Cuando era más pequeña, solía sucederme muy a menudo. Mis monólogos eran conocidos por ser completamente carentes de sentido, pero muy divertidos. Luego, me fui volviendo paulatinamente más aburrida, hasta quedar sumergida en una especie de nebulosa mística que a pocos divertía, pero a muchos desesperaba. Hoy tengo ganas de salir un poco de ella.

¿De qué voy a hablar? No tengo la más mínima idea, pero sí sé que no quiero ponerme trágica, romántica ni pesimista. El hecho de que pocas personas vayan a leer esto, me incita a escribir toda clase de barbaridades. Sin embargo, haré uso del poco juicio que me queda y no emitiré comentarios despectivos hacia nadie... Por ahora. 

No hay nada más asqueroso que estudiar algo sabiendo que no vas a aprobarlo. O bueno, en realidad sí que existe la posibilidad de aprobar, pero es tan remota y deprimente, que una se termina condicionando a pasarse el estudio por el sitio que peor huele y hacer otras cosas. Como escribir esto, sí. Ya puede verse el frondoso sentido del compromiso que tengo para con mi querida Biología. Porque me gusta, y mucho. Pero me satura el cerebro tener que leer tanto. Y ya de por sí lo tengo bastante atiborrado con cositas de por aquí y de por allá como para que vengan las células a perseguirme para que recuerde todas sus organelas. ¡Si ni siquiera puedo verlas! Hubiese sido más interesante si la unidad básica de los seres vivos hubiese sido más grande, algo así como una versión biológica de la Caja Vengadora de Cindor. Al menos, así hubiese resultado entretenido decirle a los niños... ¡Woah, no hagas eso porque la Célula vendrá a comerte! ¡A ella le gustan las proteínas y tú tienes muchas! ¡GROAAARRRGGHHH!

Pero no. La célula es una porquería pequeñita y aburrida. Pero no les digan nada, que ya veo que vienen esta noche en una auténtica revolución celular a comerme. Porque... ¿Quién no querría probar esta delicios... Bueno, sí, me estoy yendo algo por las ramas. Jamás comprenderé por qué hay ciertas frases pre-armadas que son tan populares y a la vez incorrectas. Tan fácil como decir "estoy desvariando", pero no. Hay que hacer alarde de un vocabulario complejo y decir cosas como "me voy por las ramas" o "navego mares inexplorados". Yo, con lo torpe que soy, creo que si literalmente me fuera por las ramas -además de tener un grave complejo de mono- me caería y me quebraría unos cuantos huesos.

Así que, como no quiero terminar en el hospital por andar haciendo piruetas por los árboles, me callo -bah, a mis manos- ahora mismo y me voy a hacer cosas aparentemente útiles que al final se descubrirá que no me sirvieron absolutamente para nada.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El ansiado despertar

Por favor, abre los ojos. Mírame otra vez. Hace mucho tiempo que estás allí dormido. 

¿Qué te ha pasado? ¿Por qué no despiertas? Sólo el letargo eterno dura tanto, tú ya deberías estar saltando otra vez por el patio de casa, feliz como siempre solías estar. Recuerdo cuando te vi por primera vez. Eras tan sólo una pequeña y arrugada pasa de uva, rojiza y llorona, pero yo te quise igual. Luego te volviste más guapo, con aquella pelusa a la que llamábamos cabello -por más que fuera una pobre imitación del mismo- rebosando en la cima de tu nívea cabeza. Desde muy pequeño ya eras idéntico a tu padre. Los mismos gestos, los mismos berrinches, la misma sonrisa. Recuerdo también, cuando vestiste tu primer esmoquin. Te veías tan hermoso en él; un auténtico adulto en miniatura. Faltaban sólo el bastón y la galera para hacerte lucir como un verdadero dandi. 

Pero ya hace mucho tiempo de ello, ahora estás sumido en un sueño tan profundo, que parece que no fueras a despertar jamás. Al menos, tu rostro ya no se ve tenso. Sé que las últimas semanas fueron muy difíciles para ti, quizás más de lo que lo fueron para mí. Pero te portaste como un auténtico héroe. Es lógico que después de todo lo acontecido estés tan cansado que no puedas despegar los ojos. Sin embargo, me gustaría que despertaras. Tengo muchas cosas que contarte.

¿Recuerdas aquel muñeco de acción que se había perdido? ¿Ese que era tu favorito? Pues, lo he encontrado. Estaba al fondo del enorme baúl de tus juguetes. Te dije muchas veces que buscaras allí, que no podía haberse extraviado. Pues, al final estaba en lo cierto. Ayer lo hallé, mientras acomodaba tus cosas en las cajas nuevas. Las guardaremos muy bien en ellas, cerraditas y ordenadas para que, cuando despiertes, tengas todo perfectamente organizado. Así tu querido muñeco no volverá a perderse otra vez.

No quiero decirte esto, pero cada vez estoy más insegura de que vayas a despertar algún día. Lo espero a toda hora, constantemente. Miro el reloj, muevo tus pequeños bracitos, pero estás tan fatigado que ni siquiera eres capaz de reaccionar con un acto reflejo de tu subconsciente. Pobrecillo. Y pensar que siempre solías tener tanta energía, tanta vitalidad. Mírate ahora, tan pálido, tan agotado. Al menos sé que estás descansando, realmente lo necesitabas. Pero me aterra… Hay mucho silencio en casa, ¿sabes? Las tardes no son lo mismo sin tus risas. Es como si al día le faltara el sol. He descubierto que no hay sonido más incómodo que el provocado por el vacío que genera la ausencia del mismo.

Déjame besarte en la mejilla una vez más antes de irme. Aunque esta vez, ya no sé si podré volver. No creo que me dejen hacerlo. Todavía no lo entiendo, pues yo no te he hecho nada malo. Jamás comprenderé por qué no me dejan quedarme. Ahí vienen, dicen que parezco alterada, quieren llevarme lejos. Míralos, ¡observa cómo se acercan, cual almas que llevan al demonio dentro! Maldición, cierto que no puedes hacerlo, olvidaba que estabas dormido. 

¿¡Por qué demonios no despiertas!? ¡Hazlo de una vez! ¡Diles que me dejen quedarme, que no tienen derecho a arrastrarme así, tan lejos de ti! Pero es inútil, no haces nada más que dormir. Ya están a mi lado, me han cogido por los brazos y me están apartando. Pero no me daré por vencida tan fácil. Una madre no puede abandonar así a su hijo. De lo contrario, te sentirás desolado cuando despiertes y descubras que estás solo. Pero no lo estarás jamás, pues no te dejaré. Permaneceré contigo hasta que vea a tu carita volviendo a sonreír. Necesito escuchar tu risa una vez más. 

Pataleo y grito hasta que consigo soltarme. Me abalanzo sobre ti, intentando protegerte, retenerte conmigo. Pero vuelven a la carga, esta vez con mucha más intensidad que antes. Cuando un par de fuertes brazos me cogen por la cintura, comprendo que ya no hay escapatoria. Es tu padre. Incluso él ha venido a alejarme de ti. Comienza a jalar de mí hacia atrás, ayudado por otros pares de manos que desesperados acuden a socorrerlo, y lentamente me van apartando. Hago mis últimos esfuerzos, salvando la distancia que me separa de ti una vez más, pero luego recibo un fuerte tirón que me obliga a retroceder. Mi mano recorre abruptamente tu rostro antes de ser alejada de ti para siempre... 

Acariciando por última vez tu cuerpo muerto.



martes, 6 de diciembre de 2011

A thousand fiery suns

Hay un chico. No es nadie especial, sólo un joven que podría pasar completamente desapercibido entre la muchedumbre. Bueno, esto no es del todo cierto. Lo sería si no fuera por su sonrisa. Ese gesto tan genuino y agradable, que lo hace brillar con la intensidad de mil soles, derritiendo con su ternura encantadora a aquellos que osan posarse a su alrededor.

Lo conocí un día. No una noche, ni una tarde. Un día. Una mañana en la que el astro mayor irradiaba su calor, derrochando calidez por toda la faz de la tierra. Pero eso no era nada comparado con la intensidad que emanaba su sonrisa. Cuando lo vi, supe que él se convertiría en alguien muy especial para mí. Sería el sol que encandilaría por completo mi corazón. Bueno, en realidad, en aquel preciso instante en que mis ojos se posaron en su sonrisa, supe que aquel trozo de carne latente en mí era plenamente suyo. No bastó más que ese gesto tan puro en su rostro, para que todo mi ser comenzara a pertenecerle. 

Es así como comenzó su historia, esa que espero que algún día se convierta en nuestra. Pero es el día de hoy que aún existe ese enorme abismo entre ambos. Cómo si él perteneciese a una galaxia demasiado lejana, a la que yo, con mi esencia de agujero negro fatalista, no puedo consumir. La cruda realidad es esa. No es fácil lidiar con alguien como yo. Todo lo que se acerca, lo absorbo, lo extingo. Yo le quiero mucho, pero él parece no notarlo. O quizás tiene miedo, pánico de que con un simple abrazo de mi densa oscuridad, sofoque su motivo de ser, apague su sonrisa. 

Oh, maldita oscuridad. ¿De qué sirve ser un ave nocturna, o la mismísima noche con su imponente presencia, si no puedo aspirar a compartir con él mi existir? Hay días en los que me gustaría ser la luna. Al menos, ella tiene permiso para escaparse de tanto en cuando, de huir de la apabullante penumbra noctámbula y exponer su frágil presencia a la claridad del día. Al sol. Pero yo no soy ella, yo no soy la luna. Soy de índole tenebrosa, y destructiva como ninguna. Pero aún así…

Él estremece mi mundo.

Ese universo del que nadie puede formar parte pues se ve lacerado en el intento, tiembla ante la simple mención de su nombre, sufre convulsiones si logra vislumbrar a lo lejos su presencia. 

¿Logrará el sol ser de mi propiedad en algún tiempo futuro? Hace tiempo ya que no lo veo y no sé si volveré a hacerlo algún día. En realidad, sí lo sé. Porque sólo será de día si lo vuelvo a ver. De lo contrario, viviré en una noche eterna, en un oscuro callejón sin salida. Pero de verdad que me gustaría verlo sonreír otra vez…

Si es que aún amanece gratis para mí.



lunes, 10 de octubre de 2011

Volver



 
Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida.

Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenen mi soñar.

Pero el viajero que huye
tarde o temprano
detiene su andar. 
 
Carlos Gardel. 
 
  

jueves, 22 de septiembre de 2011

Mi sombra y yo

Y duele, no veas como duele llorar tu ausencia en medio de la tétrica sensación de tenerte aquí presente. Asusta, como el cuco a un niño sin madre, que grita desesperado en las ruidosas noches de tormenta. ¿Quién me quita el miedo, si el inmenso vacío que me rodea es quien lo engendra?

Veo sombras en la noche. Intento pedir ayuda, pero las palabras no salen. Está todo completamente oscuro y veo sombras. Que irónico. Retazos de una pesadilla malograda que vuelve una y otra vez a mi mente, para recordarme que estoy sola. Siempre en solitario. Caminando sólo con mi sombra en un camino que debería recorrerse de a dos. Es que ella representa la carga que sobre mis hombros recae y me agobia. Yo y mi sombra, mi sombra y yo. ¿Quién es el asno y quién es la carga?
                                                                                                                       
No hay tal asno, no hay tal carga. O eso dicen. Somos dos compañeras, inseparables como culo y calzón. Y ya lo creo que somos igual de desagradables. Pero, ¿quién es la peor? Creo que no es mi sombra. Al menos a ella no se le ve la cara. Es tan sólo un manchón negro sin más defectos que algunas curvas un poco extrañas. En cambio, yo represento la horripilancia en su máxima esencia. Asco, eso debería darme. Pero no, en lugar de eso, me da miedo. ¿Quién busca quitarme mi asquerosa esencia?

No la toques, es mía, sólo mía. Pero no la quiero. Si quieres, te la regalo. Me asusta, es muy fea. Casi tanto como llorarle a tu ausencia. La odio. Llévatela. Y coge también mi sombra, arráncale los pies y destrózale los brazos. Le temo. Cuanto más cerca está la noche, más se cierne sobre mí. Ya casi no logro distinguirme de ella. Poco a poco comienza a absorberme. Empieza por los pies, sube por mis largas y peludas piernas y luego se enreda por mis caderas, hasta llegar al nacimiento de mis pechos. Los esquiva, no le gustan. Después de todo, ella busca lo andrógino, lo distinto. Y éstos, de peculiar no tienen nada. Ya llega a mi cuello, se aferra a él con fuerza y comienza a presionar. Cierro los ojos, ya no veo. La tensión sobre mi cuerpo es tal, que ni siquiera puedo temblar.

Te recuerdo por última vez, abro los ojos y contemplo una vez más el espejo, antes de que mi sombra termine por cubrirme toda. Se siente extraño, pero agradable a la vez. También me da miedo. A veces, lo inocente también aterra. Como las mariposas. Nunca sabes cuándo vendrán a comerte, con sus enormes garras y colmillos de colores. Pero aquí es todo negro. No hay lugar para el espectro lumínico donde sólo hay oscuridad. Yo ya no soy. Sólo queda la nada. Ni siquiera un triste recuerdo permanece, de la niña consumida por su propia sombra.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Patrañas

Hoy no quiero jugar a ser escritora. No deseo adornar en este día mis sueños frustrados de romántica empedernida. Simplemente, quiero limitarme a ser la parte más natural y sencilla de mi yo.

Estoy cansada de este mundo hipócrita. Harta estoy también de pertenecer a él. ¿Por qué uno no puede sencillamente mostrarse como es? ¿Cuál es la necesidad de pretender ser alguien para agradar a los demás? Es tan fácil y a la vez tan difícil ser uno mismo. Será redundante la razón que me lleva a escribir esto, pero creo que mi mente ha nacido para crear fantasías y tristes realidades en torno a una misma idea.

Gusto de vos. Tres palabras, muchísimos más significados. ¿Cuán difícil es pronunciarlas? Tanto más de lo que cualquiera puede llegar a imaginar. Pero… Son simples palabras. ¿Acaso no es mejor ahorrarse vocabulario y decir esa frase que formular miles de excusas estúpidas para tratar de esconder tan hermoso sentimiento?

Hacerse la difícil. Por desgracia, eso es lo que está en boga hoy día. Fingir ser imposible de alcanzar, pretender que el muchacho por quien te mueres no existe, disimular tu debilidad por él con un comentario seco, irónico, rozando lo mordaz. La otra alternativa, sería regalarse a él con papel vistoso y un enorme moño, resignándose a convertirse en una puta más entre las tantas que en el fin de semana este pibe va a manosear. A simple vista, esta última opción parece mucho más desagradable que la primera, pero… ¿Qué tanto más verídica es? ¿Cuánto mejor se ajusta a nuestra verdadera personalidad? Siempre fui de las que pensaban que todas teníamos a la harpía más zorra del mundo luchando por salir de nuestro interior. Por lo que creo que, a fin de cuentas, llevar a cabo la primera idea es ser mucho más infiel a nuestra propia esencia que esta última.

Volviendo a lo que estaba diciendo antes. Me parece aborrecible tener que pretender que no me entero de algunas cosas o simular que no me importan otras tantas. Quiero gritar lo que pienso al mundo, pero temo que al hacerlo se vaya parte de mi reputación conmigo. ¿Por qué es todo tan complicado? Maldeciría eternamente a aquellos que decidieron que la vida tenía que ser tan absurda. Al fin y al cabo, ¿cómo puedes enamorarte de una persona que está jugando a ser otra para agradarte? Cuando menos lo esperes, te darás cuenta de la triste realidad y caerás en la cuenta de que tu relación estaba fundada sobre falsos cimientos, pretensiones de un infinito fingir que al final terminará llevándote a la nada. Con razón fracasan tantas relaciones hoy en día, si después de todo se basaron sólo en estúpidas apariencias.

Podría seguir escribiendo horas sobre mi frustración con este decepcionante asunto. Pero, al final, todas mis ideas se resumirían en una sola:

El amor, tal y como se lo conoce hoy en día, es una mentira.


domingo, 11 de septiembre de 2011

Tan vulnerable

Hoy me reí del destino,
lanzando una mirada despectiva
a su estúpida e inmanente presencia.

Crucé la línea de lo prohibido
y me atreví a soltarle un tétrico aullido,
una siniestra exclamación de advertencia.

Él ya no decidiría por mí,
pues desde este preciso momento,
sería yo la forjadora de mi propia esencia.

Mas el valor no duró mucho tiempo,
sino que pereció, como desfallecen
las cáusticas aguas en tierra desierta.

El fracaso acarreó sobre sus ancas
el espíritu joven que pretendía
crear su historia sobre viejas viñetas.

Mi lucha era la de otros tantos
que en vano intentaron alcanzar
la tan deseada trascendencia.

Y que luego de una corta vorágine
habían sucumbido a su destino,
presos de una cruel inexperiencia;

proclamando al odioso olvido
con una plegaria, el retorno
de una esperanza ya muerta.


domingo, 4 de septiembre de 2011

El gato y la silla

La silla estaba vacía.

Una y otra vez se contemplaba en el espejo añejo que descansaba colgando en el otro extremo de la habitación, con la vana esperanza de que alguien se materializase allí para librarla de su soledad. Cerraba sus ojos, contaba hasta diez y los volvía a abrir. Pero nada. Ni siquiera una mota de polvo se atrevía a posarse sobre la áspera superficie de la madera de aquel objeto. Después de todo, era una silla. ¿Quién podía quererla a ella, si tan sólo era un insignificante mueble sin utilidad alguna?

Su creador la había dotado de un insulso atractivo. Su exterior astillado sólo servía para dañar a todo aquel que se atrevía a acercarse y su respaldo, cuajado por el pasar del tiempo, parecía incapaz de servir de reposo a alguien en su cansancio vespertino. Sus patas, en lugar de estar firmes como pilares dignos de sostener cualquier adversidad, lograban erguirse apenas, torciéndose en ángulos enclenques que amenazaban con abrirse aún más ante la más mínima presión. En definitivamente, era una porquería de silla. La menos digna, la humillación del género. ¿Quién podría desearla, tan pueril y vulgar como una media sucia?

Los años pasaban, mientras ella seguía allí, esperando en solitario, soñando con un futuro que sólo podía construirse en compañía. Hasta que un día, llegó un viejo gato tuerto. Rengueaba y su pelaje negro iba dejando estelas oscuras sobre el parqué de la sala en su poco equilibrado andar. Cuando notó su presencia, se detuvo por completo, poniendo una expresión tan pasmada como un simple felino podía hacerlo. La contempló con su mirada distorsionada de la realidad; ladeó la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro. Se desperezó, abriendo sus gigantescas fauces –casi como le aburriera la presencia de la silla-, y finalmente se acercó. La olfateó, indeciso, como si nada en ella lo convenciera para explorar su rugoso tacto. Pero, tras un largo rato de análisis, se encogió y con un lánguido salto se encaramó a su asiento. Rugió disgustado al sentir como las astillas se clavaban en su delicada piel, aunque luego de un primer momento de tortura, acabó por acostumbrarse y se recostó plácidamente sobre ella. En ese momento, la silla fue completa y enteramente feliz.

Mucho tiempo permanecieron así, juntos e inseparables. Algunos opinaban que eran almas gemelas; otros, que eran ambos tan disfuncionales que habían aprendido a contentarse con las imperfecciones de su compañero. Pero llegó el momento en que el animal decidió marcharse por donde había venido. No causó mucho revuelo, simplemente se puso de pie y con un torpe salto cayó al suelo y se fue renqueando, quejándose con maullidos de disgusto por la sensación incómoda que la superficie astillada de la silla había dejado en su ser. Unos cuantos cabellos del gato permanecieron con la silla, adornándola con un arte tan mediocre como su propia tosquedad. ¿Quién podría quererla ahora, tan indecente e impresentable como el basural del barrio?

El gato la había querido tal y como era. Probablemente, lo seguiría haciendo por más que la hubiera abandonado. Después de todo, alguien tan particularmente anodino como aquella silla no se olvidaba tan fácil. La pobre encontró algo de consuelo en ese hecho, recordando los buenos momentos en los que el felino la había impregnado con su vital calidez. De pronto, creyó sentir una vez más el contacto del suave pelaje del animal con su propia dermis. Un cosquilleo la recorrió de patas a respaldo. ¡El gato estaba allí! ¡No la había abandonado! Entusiasta, quiso conmemorar aquel momento dirigiendo su mirada hacia el espejo empotrado en la pared, al otro lado de la habitación. Lo contempló, atónita. Cerró los ojos, contó hasta diez y los volvió a abrir.

La silla estaba vacía.




jueves, 1 de septiembre de 2011

Pandemonium

Solitaria es el alma del que espera, aferrada dulcemente a una plegaria.

Las tristes notas de un violín desafinado resuenan en el fondo de mi corazón, desgarradoras. ¿Quién ha osado desafiar a esta intrépida y valerosa fémina que hoy llora y desespera? ¿Qué razón me ha llevado a gritar, clamando una pena que en mi eterno mutismo fui incapaz de silenciar? 

Envuelta en el cobijo de la vana esperanza, perdida en el mar de la agonía, deslizo mis dedos sobre la superficie del cristal empañado y te contemplo, distante, lejano. Recuerdo aquellas noches cuando paseábamos a la luz de las estrellas, revoloteando cual mariposas en plena primavera. Dos jóvenes ingenuos, radiantes y lozanos.

No encuentro un motivo fehaciente para explicarte la pena que me corroe el alma, aunque me sobran razones para justificarla. Los desesperantes compases de una melodía poco propicia para una noche tan melancólica parecen ansiosos por quitarme la calma.

Te deseo. Esto va más allá de una simple necesidad espiritual. Te quiero para mí con ferviente y ardorosa ansiedad. ¿Qué me impide acercarme? El hecho de alejarte aún más.

Vuelve. Regresa al lugar del cual nunca te has ido, porque verdaderamente en él jamás has estado. No me busques, encuéntrame. Líbrame de todo vacío, de todo mal. Entiéndeme, mas no intentes comprenderme. 

Suena vacío cuando yo lo digo, pero si al menos lo intentaras, verías que es en esencia más ferviente cuando lo sientes.

Detenlo. Páralo ya. Mantén quietas las malditas agujas de aquel estúpido reloj de arena que no deja de correr. Rómpelo. Pero no dejes que los pequeños granos de azúcar escapen de tu presencia. Ahuyenta a las hormigas. Aleja los malos vicios.

Y llámame. Cuando todo haya terminado, cuando sepas que al despertar ya no habrá más sombras. Quiero luz. El fugaz resplandor de un rayo en la tormenta. Con eso bastará. 

Mójame, hazme sentir viva. Recuérdale a la lluvia que yo estoy aquí, que la espero. Igual que a ti. Pero tú ya estás en este lugar. ¿Realmente te has ido alguna vez? No entiendo. Es todo muy confuso.

Cállame. No me dejes seguir escribiendo. Córtame las manos, apaga mis pensamientos. Azótame. Lastímame hasta que ya no pueda esbozar un solo quejido para aplacar el suplicio. Y cuando me sea imposible caer más hondo… Elévame. Regrésame a la realidad con un beso en la frente y una caricia en el mentón. Hazme sentir una niña otra vez, devuélveme la alegría de sentirse inocente. Embriágame con tu sabiduría y enséñame a ser feliz una vez más.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Los naranjos no dan manzanas

Mierda.

Menuda manera de comenzar un blog, sí. Pero después de unos cuantos intentos frustrados de hacer una presentación decente y elaborada, la única palabra que se viene a mi mente es esa. No puedo esbozar siquiera una mísera entrada, rica en citas textuales sobre lo maravilloso que es escribir, porque simplemente no las sé. Exacto, soy una completa ignorante cuando se trata de estas cosas. Toda mi vida me limité a escribir acorde a lo que mi mente dictaba, sin rebuscar demasiado mis oraciones ni romperme el coco planteándome la posibilidad de hacer formidables metáforas. Y creo que sería faltar a mí misma querer cambiarlo justo ahora, por el simple hecho de que voy a tener un público -probablemente inexistente- leyéndome. 

Suena asquerosamente tediosa la tarea de responsabilizarse de una de estas maquinaciones de la Internete para hacerme perder más tiempo del que actualmente me quita con otras tareas, así que no voy a hacerlo. Probablemente esta insignificante página entre los millares de billones que existen, quedará pronto en el olvido, incluso para su propia creadora. No es el primer método de expresión tecnológico que estoy creando y probablemente tampoco será el último. Nuevamente, si pusiera fin a esta estúpida obsesión por querer ser alguien en un mundo tan poco tangible como lo es un gas ideal, dejaría de ser yo una vez más.

Es poco probable que alguien pueda encontrar aquí una reflexión que demuestre el intrépido e inigualable raciocinio de su autora. Lo más frecuente será hallar cosas sin sentido aparente, incluso entre palabras simples y fáciles de comprender, pero con una razón de ser mucho más intrincada que la que a simple vista es posible vislumbrar. Y quien pueda deducirlo, se verá obligado a aceptar, embargado por la estupefacción, la maravillosa complejidad de mi persona. 

Al principio, a todo bípedo pensante le resultará aburrido leerme. Pero, con el tiempo, acabará por amarme. Después de todo, en un mundo tan alterado, no hay nada tan atractivo como la falta total de cordura. Y yo, al parecer, carezco completamente de ella.


sábado, 23 de julio de 2011

Ruth

La helada brisa de aquella noche de noviembre impactaba contra su gélido rostro con la suavidad propia de la seda perteneciente a las cortinas de la casa que tenía a pocos metros de ella. Abrió los párpados con lentitud, dejando que sus pupilas se acostumbraran a la tenue luz que manaba del farol que se encontraba apenas más allá de donde terminaban los límites de la imponente casona que, con un poco de suerte, aquellla noche ardería con el fulgor propio de las llamas del infierno.

Desde pequeña acostumbraba a jugar con todo resplandor candente que lograba poner a su alcance. Amaba manejarlo a su propio gusto y placer, dominarlo con la determinación propia de una experta. Lo llevaba en la sangre, de eso no cabía duda alguna. Con el pasar del tiempo, su necesidad por un reto más grande comenzó a aumentar a un ritmo alarmante, hasta que terminó convirtiéndose en una obsesiva e imperiosa necesidad por hacer arder todo lo que la rodeaba. Estaba enferma. Pero su alterada mente no parecía notarlo. Aún así, esa noche podría menguar la peligrosa obstinación que amenazaba con destruir la poca cordura que le quedaba.

Elevó con etérea naturalidad el brazo en el cual llevaba un enorme bidón de gasolina que parecía desproporcionado en comparación a la delicadeza de su frágil cuerpo. Con el andar propio de una niña, se acercó a la que había sido su morada por catorce años, siete meses y ocho días. Abrió la puerta sin esfuerzo alguno y penetró en el silencio del que jamás pudo llamar su hogar. Los que decían ser sus padres descansaban en la elegante habitación destinada para tal fin en el primer piso. No planeaba llegar tan lejos. El fuego se encargaría de hacerlo.

-One, two, three little indians... -canturreó en voz baja, rociando los sofás de la sala de estar con el líquido de impactante aroma que caía de forma fluida mientras su brazo se movía al compás de la melodía. Tardó lo suyo en llevar a cabo dicha tarea por toda la planta baja. Al subir los escalones que la llevarían al primer piso, lo hizo de manera cautelosa y silenciosa, para no atormentar los dulces sueños de quienes descansaban en un banal subconsciente que, sin que ellos pudieran notarlo -aunque interiormente esperaba que sí, y que sufrieran de forma indecible-, pasaría a ser un eterno letargo que no tendría fin.

No tardó demasiado tiempo en vaciar el bidón de gasolina. Deseaba terminar cuanto antes, pero decidió permitirse un último vistazo al cuarto de sus progenitores. Tras contemplarlos por última vez, volvió a descender las escaleras. Extrajo con sumo cuidado un pequeño encendedor de su bolsillo izquierdo y se aproximó hasta la corriente más próxima del fluido. Con una endemoniada sonrisa, se inclinó hacia ella y presionó la ruedilla del mechero. Una instantánea chispa activó la llama y ésta no tardó en encender todo lo que la rodeaba. El fuego acarició la mano con la cual lo sostenía, obligándola a retirarla con rapidez. Se había hecho daño, pero no le importaba. Se puso de pie y comenzó a correr. No tardó en dejar atrás el lugar, luego el barrio y finalmente la ciudad. Sudaba y su respiración agitada amenazaba con hacerla detener muy pronto. Llegó a una elevación y la subió con intrépida agilidad. No dio lugar a la quietud en su organismo hasta que no se hubo encontrado a la altura suficiente como para ver el espectáculo. Sólo en ese instante, pudo darse vuelta y permitirse contemplar su obra maestra.

Suspiró profundamente al ver como las llamas comenzaban a devorar la construcción con más velocidad de la que ella misma había pensado. Ese era un nuevo día en la vida de Ruth. A partir de ese momento, todo sería distinto.

lunes, 11 de julio de 2011

Break your fears



Mírame aquí, pequeña, miserable, 
todo dolor me vence, todo sueño; 
mar, dame, dame el inefable empeño 
de tornarme soberbia, inalcanzable. 


Alfonsina Storni.


domingo, 10 de julio de 2011

Nightmare



 Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.



Alfonsina Storni.


sábado, 2 de abril de 2011

Take a chance

Arriésgate. Da un salto al vacío sin pensar en lo que dejas atrás ni preocuparte por lo que recibirás al caer. Difícil, ¿verdad? Pero nadie dijo que fuera simple. Para alcanzar lo que más deseas, siempre hay algo que debes sacrificar. Quizás te cueste hacerlo, pero al fin y al cabo, ¿no sería más emocionante? Ir al todo o nada, dejarse de estúpidos intermedios que de nada sirven, a menos que se quiera fomentar la mediocridad de la propia existencia. Por una sola vez en tu vida; toma la oportunidad, pierde el rumbo, descubre un nuevo camino. Anímate a explorar el enrevesado misterio que hay al otro lado del muro que separa la monotonía cotidiana del exquisito sabor de vivir en libertad.

Atrévete. Nada pierdes, pues nada obtienes hasta que no te lo has ganado. Y no ganas realmente hasta que no te atreves a ser libre. Deja de ser prisionero de una cárcel que no tiene sentido ni razón. Enciende una llama. Pronuncia una palabra. Cambia el mundo. Tú solo puedes hacerlo. Si no te animas, yo te ayudaré. Te daré todo mi apoyo. Si es necesario, te tenderé una mano. Pero jamás lo haré para impedirte que te arrojes al vacío o para detener tu caída.

Si lo hago… Me lanzaré contigo.


lunes, 21 de febrero de 2011

El amor son hechos, a las palabras se las lleva el viento

Alguien me dijo una vez hace mucho tiempo atrás que el amor era el sentimiento más puro y glorioso de todos. Yo, como estúpida ilusa, le creí. Me embarqué en lo que parecía un inmenso océano azul repleto de peces de colores, que luego resultó ser un riachuelo con tan sólo agua podrida y alguna que otra bota vieja flotando a la deriva.

Hoy día los cabellos blancos inundan lo que antaño fue una melena dorada y reluciente, la vida ya dejó sus marcas en mi cansado rostro, la fatiga inunda cada uno de mis débiles músculos, pero mi mente sigue igual de viva y alborotada que siempre. Es por eso que, una vez más, sentada en mi cómoda mecedora de mimbre, me dispongo a recordar.

Era por entonces una joven e inmadura muchachita, en busca de la aventura de mi vida. Aquel chico, el guapo de turno –como un típico cliché de las películas adolescentes-, apareció en el momento preciso. Yo, una completa novata en esos asuntos; él, buscando la próxima víctima para anotar en su lista de 'chicas con las que me acosté'. Como si de una novela de Nicholas Sparks se tratase, al comienzo todo fue perfecto. Coqueteos, palabras bonitas, miradas profundas y proyectos de vida. Pero era sólo una treta, una vil maquinación con la que engañar a esta torpe enamoradiza, que sin dudarlo un segundo, cayó perdida entre sus redes.

Luego de un tiempo llegó aquello que muchos llaman 'la consumación del amor', con lo que se suponía que lo nuestro sería eterno. Pero la eternidad es algo utópico cuando uno vive en tiempos humanos. Detrás de ese día, sólo llegaron problemas, penas y dolores que consumieron completamente mi existencia.

El príncipe encantado me abandonó, dejando dentro de mí una pequeña semilla. Y, cómo no, destrozando mi pobre y desahuciado corazón. Envuelta en penurias, en la más profunda soledad, comencé a sentir como aquel pequeño hálito de vida crecía dentro de mí. No lo pude soportar… Y lo maté. Luego del haberme enamorado de aquel maldito, fue la peor decisión que tomé en mi vida. Pero en ese entonces, no lo veía así. Yo simplemente creía que no podía portar en mi interior el fruto de un amor que no existía, algo que sólo había sido un encaprichamiento unilateral, del que ese bastardo había sacado provecho.

Lo cierto es que, después de ese día, junto con el pequeño retoño que llevaba en mis entrañas, dejé de vivir. Las cosas maravillosas que el mundo ponía delante de mí diariamente para ayudar a alejarme de aquel oscuro callejón sin salida, habían perdido su sazón. Y yo… Yo sólo buscaba hallar el perdón por lo terrible que había hecho. Pero jamás lo encontré.

Lo peor de todo fue que, aquella misma persona que me enseñó lo que era el cielo, luego me sumergió en el más horrible y doloroso de los infiernos. No me mires con esa expresión estupefacta en tu estúpido rostro, si ya sabes de quién estoy hablando…

De ti.