lunes, 21 de febrero de 2011

El amor son hechos, a las palabras se las lleva el viento

Alguien me dijo una vez hace mucho tiempo atrás que el amor era el sentimiento más puro y glorioso de todos. Yo, como estúpida ilusa, le creí. Me embarqué en lo que parecía un inmenso océano azul repleto de peces de colores, que luego resultó ser un riachuelo con tan sólo agua podrida y alguna que otra bota vieja flotando a la deriva.

Hoy día los cabellos blancos inundan lo que antaño fue una melena dorada y reluciente, la vida ya dejó sus marcas en mi cansado rostro, la fatiga inunda cada uno de mis débiles músculos, pero mi mente sigue igual de viva y alborotada que siempre. Es por eso que, una vez más, sentada en mi cómoda mecedora de mimbre, me dispongo a recordar.

Era por entonces una joven e inmadura muchachita, en busca de la aventura de mi vida. Aquel chico, el guapo de turno –como un típico cliché de las películas adolescentes-, apareció en el momento preciso. Yo, una completa novata en esos asuntos; él, buscando la próxima víctima para anotar en su lista de 'chicas con las que me acosté'. Como si de una novela de Nicholas Sparks se tratase, al comienzo todo fue perfecto. Coqueteos, palabras bonitas, miradas profundas y proyectos de vida. Pero era sólo una treta, una vil maquinación con la que engañar a esta torpe enamoradiza, que sin dudarlo un segundo, cayó perdida entre sus redes.

Luego de un tiempo llegó aquello que muchos llaman 'la consumación del amor', con lo que se suponía que lo nuestro sería eterno. Pero la eternidad es algo utópico cuando uno vive en tiempos humanos. Detrás de ese día, sólo llegaron problemas, penas y dolores que consumieron completamente mi existencia.

El príncipe encantado me abandonó, dejando dentro de mí una pequeña semilla. Y, cómo no, destrozando mi pobre y desahuciado corazón. Envuelta en penurias, en la más profunda soledad, comencé a sentir como aquel pequeño hálito de vida crecía dentro de mí. No lo pude soportar… Y lo maté. Luego del haberme enamorado de aquel maldito, fue la peor decisión que tomé en mi vida. Pero en ese entonces, no lo veía así. Yo simplemente creía que no podía portar en mi interior el fruto de un amor que no existía, algo que sólo había sido un encaprichamiento unilateral, del que ese bastardo había sacado provecho.

Lo cierto es que, después de ese día, junto con el pequeño retoño que llevaba en mis entrañas, dejé de vivir. Las cosas maravillosas que el mundo ponía delante de mí diariamente para ayudar a alejarme de aquel oscuro callejón sin salida, habían perdido su sazón. Y yo… Yo sólo buscaba hallar el perdón por lo terrible que había hecho. Pero jamás lo encontré.

Lo peor de todo fue que, aquella misma persona que me enseñó lo que era el cielo, luego me sumergió en el más horrible y doloroso de los infiernos. No me mires con esa expresión estupefacta en tu estúpido rostro, si ya sabes de quién estoy hablando…

De ti.