miércoles, 31 de agosto de 2011

Los naranjos no dan manzanas

Mierda.

Menuda manera de comenzar un blog, sí. Pero después de unos cuantos intentos frustrados de hacer una presentación decente y elaborada, la única palabra que se viene a mi mente es esa. No puedo esbozar siquiera una mísera entrada, rica en citas textuales sobre lo maravilloso que es escribir, porque simplemente no las sé. Exacto, soy una completa ignorante cuando se trata de estas cosas. Toda mi vida me limité a escribir acorde a lo que mi mente dictaba, sin rebuscar demasiado mis oraciones ni romperme el coco planteándome la posibilidad de hacer formidables metáforas. Y creo que sería faltar a mí misma querer cambiarlo justo ahora, por el simple hecho de que voy a tener un público -probablemente inexistente- leyéndome. 

Suena asquerosamente tediosa la tarea de responsabilizarse de una de estas maquinaciones de la Internete para hacerme perder más tiempo del que actualmente me quita con otras tareas, así que no voy a hacerlo. Probablemente esta insignificante página entre los millares de billones que existen, quedará pronto en el olvido, incluso para su propia creadora. No es el primer método de expresión tecnológico que estoy creando y probablemente tampoco será el último. Nuevamente, si pusiera fin a esta estúpida obsesión por querer ser alguien en un mundo tan poco tangible como lo es un gas ideal, dejaría de ser yo una vez más.

Es poco probable que alguien pueda encontrar aquí una reflexión que demuestre el intrépido e inigualable raciocinio de su autora. Lo más frecuente será hallar cosas sin sentido aparente, incluso entre palabras simples y fáciles de comprender, pero con una razón de ser mucho más intrincada que la que a simple vista es posible vislumbrar. Y quien pueda deducirlo, se verá obligado a aceptar, embargado por la estupefacción, la maravillosa complejidad de mi persona. 

Al principio, a todo bípedo pensante le resultará aburrido leerme. Pero, con el tiempo, acabará por amarme. Después de todo, en un mundo tan alterado, no hay nada tan atractivo como la falta total de cordura. Y yo, al parecer, carezco completamente de ella.