jueves, 22 de septiembre de 2011

Mi sombra y yo

Y duele, no veas como duele llorar tu ausencia en medio de la tétrica sensación de tenerte aquí presente. Asusta, como el cuco a un niño sin madre, que grita desesperado en las ruidosas noches de tormenta. ¿Quién me quita el miedo, si el inmenso vacío que me rodea es quien lo engendra?

Veo sombras en la noche. Intento pedir ayuda, pero las palabras no salen. Está todo completamente oscuro y veo sombras. Que irónico. Retazos de una pesadilla malograda que vuelve una y otra vez a mi mente, para recordarme que estoy sola. Siempre en solitario. Caminando sólo con mi sombra en un camino que debería recorrerse de a dos. Es que ella representa la carga que sobre mis hombros recae y me agobia. Yo y mi sombra, mi sombra y yo. ¿Quién es el asno y quién es la carga?
                                                                                                                       
No hay tal asno, no hay tal carga. O eso dicen. Somos dos compañeras, inseparables como culo y calzón. Y ya lo creo que somos igual de desagradables. Pero, ¿quién es la peor? Creo que no es mi sombra. Al menos a ella no se le ve la cara. Es tan sólo un manchón negro sin más defectos que algunas curvas un poco extrañas. En cambio, yo represento la horripilancia en su máxima esencia. Asco, eso debería darme. Pero no, en lugar de eso, me da miedo. ¿Quién busca quitarme mi asquerosa esencia?

No la toques, es mía, sólo mía. Pero no la quiero. Si quieres, te la regalo. Me asusta, es muy fea. Casi tanto como llorarle a tu ausencia. La odio. Llévatela. Y coge también mi sombra, arráncale los pies y destrózale los brazos. Le temo. Cuanto más cerca está la noche, más se cierne sobre mí. Ya casi no logro distinguirme de ella. Poco a poco comienza a absorberme. Empieza por los pies, sube por mis largas y peludas piernas y luego se enreda por mis caderas, hasta llegar al nacimiento de mis pechos. Los esquiva, no le gustan. Después de todo, ella busca lo andrógino, lo distinto. Y éstos, de peculiar no tienen nada. Ya llega a mi cuello, se aferra a él con fuerza y comienza a presionar. Cierro los ojos, ya no veo. La tensión sobre mi cuerpo es tal, que ni siquiera puedo temblar.

Te recuerdo por última vez, abro los ojos y contemplo una vez más el espejo, antes de que mi sombra termine por cubrirme toda. Se siente extraño, pero agradable a la vez. También me da miedo. A veces, lo inocente también aterra. Como las mariposas. Nunca sabes cuándo vendrán a comerte, con sus enormes garras y colmillos de colores. Pero aquí es todo negro. No hay lugar para el espectro lumínico donde sólo hay oscuridad. Yo ya no soy. Sólo queda la nada. Ni siquiera un triste recuerdo permanece, de la niña consumida por su propia sombra.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Patrañas

Hoy no quiero jugar a ser escritora. No deseo adornar en este día mis sueños frustrados de romántica empedernida. Simplemente, quiero limitarme a ser la parte más natural y sencilla de mi yo.

Estoy cansada de este mundo hipócrita. Harta estoy también de pertenecer a él. ¿Por qué uno no puede sencillamente mostrarse como es? ¿Cuál es la necesidad de pretender ser alguien para agradar a los demás? Es tan fácil y a la vez tan difícil ser uno mismo. Será redundante la razón que me lleva a escribir esto, pero creo que mi mente ha nacido para crear fantasías y tristes realidades en torno a una misma idea.

Gusto de vos. Tres palabras, muchísimos más significados. ¿Cuán difícil es pronunciarlas? Tanto más de lo que cualquiera puede llegar a imaginar. Pero… Son simples palabras. ¿Acaso no es mejor ahorrarse vocabulario y decir esa frase que formular miles de excusas estúpidas para tratar de esconder tan hermoso sentimiento?

Hacerse la difícil. Por desgracia, eso es lo que está en boga hoy día. Fingir ser imposible de alcanzar, pretender que el muchacho por quien te mueres no existe, disimular tu debilidad por él con un comentario seco, irónico, rozando lo mordaz. La otra alternativa, sería regalarse a él con papel vistoso y un enorme moño, resignándose a convertirse en una puta más entre las tantas que en el fin de semana este pibe va a manosear. A simple vista, esta última opción parece mucho más desagradable que la primera, pero… ¿Qué tanto más verídica es? ¿Cuánto mejor se ajusta a nuestra verdadera personalidad? Siempre fui de las que pensaban que todas teníamos a la harpía más zorra del mundo luchando por salir de nuestro interior. Por lo que creo que, a fin de cuentas, llevar a cabo la primera idea es ser mucho más infiel a nuestra propia esencia que esta última.

Volviendo a lo que estaba diciendo antes. Me parece aborrecible tener que pretender que no me entero de algunas cosas o simular que no me importan otras tantas. Quiero gritar lo que pienso al mundo, pero temo que al hacerlo se vaya parte de mi reputación conmigo. ¿Por qué es todo tan complicado? Maldeciría eternamente a aquellos que decidieron que la vida tenía que ser tan absurda. Al fin y al cabo, ¿cómo puedes enamorarte de una persona que está jugando a ser otra para agradarte? Cuando menos lo esperes, te darás cuenta de la triste realidad y caerás en la cuenta de que tu relación estaba fundada sobre falsos cimientos, pretensiones de un infinito fingir que al final terminará llevándote a la nada. Con razón fracasan tantas relaciones hoy en día, si después de todo se basaron sólo en estúpidas apariencias.

Podría seguir escribiendo horas sobre mi frustración con este decepcionante asunto. Pero, al final, todas mis ideas se resumirían en una sola:

El amor, tal y como se lo conoce hoy en día, es una mentira.


domingo, 11 de septiembre de 2011

Tan vulnerable

Hoy me reí del destino,
lanzando una mirada despectiva
a su estúpida e inmanente presencia.

Crucé la línea de lo prohibido
y me atreví a soltarle un tétrico aullido,
una siniestra exclamación de advertencia.

Él ya no decidiría por mí,
pues desde este preciso momento,
sería yo la forjadora de mi propia esencia.

Mas el valor no duró mucho tiempo,
sino que pereció, como desfallecen
las cáusticas aguas en tierra desierta.

El fracaso acarreó sobre sus ancas
el espíritu joven que pretendía
crear su historia sobre viejas viñetas.

Mi lucha era la de otros tantos
que en vano intentaron alcanzar
la tan deseada trascendencia.

Y que luego de una corta vorágine
habían sucumbido a su destino,
presos de una cruel inexperiencia;

proclamando al odioso olvido
con una plegaria, el retorno
de una esperanza ya muerta.


domingo, 4 de septiembre de 2011

El gato y la silla

La silla estaba vacía.

Una y otra vez se contemplaba en el espejo añejo que descansaba colgando en el otro extremo de la habitación, con la vana esperanza de que alguien se materializase allí para librarla de su soledad. Cerraba sus ojos, contaba hasta diez y los volvía a abrir. Pero nada. Ni siquiera una mota de polvo se atrevía a posarse sobre la áspera superficie de la madera de aquel objeto. Después de todo, era una silla. ¿Quién podía quererla a ella, si tan sólo era un insignificante mueble sin utilidad alguna?

Su creador la había dotado de un insulso atractivo. Su exterior astillado sólo servía para dañar a todo aquel que se atrevía a acercarse y su respaldo, cuajado por el pasar del tiempo, parecía incapaz de servir de reposo a alguien en su cansancio vespertino. Sus patas, en lugar de estar firmes como pilares dignos de sostener cualquier adversidad, lograban erguirse apenas, torciéndose en ángulos enclenques que amenazaban con abrirse aún más ante la más mínima presión. En definitivamente, era una porquería de silla. La menos digna, la humillación del género. ¿Quién podría desearla, tan pueril y vulgar como una media sucia?

Los años pasaban, mientras ella seguía allí, esperando en solitario, soñando con un futuro que sólo podía construirse en compañía. Hasta que un día, llegó un viejo gato tuerto. Rengueaba y su pelaje negro iba dejando estelas oscuras sobre el parqué de la sala en su poco equilibrado andar. Cuando notó su presencia, se detuvo por completo, poniendo una expresión tan pasmada como un simple felino podía hacerlo. La contempló con su mirada distorsionada de la realidad; ladeó la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro. Se desperezó, abriendo sus gigantescas fauces –casi como le aburriera la presencia de la silla-, y finalmente se acercó. La olfateó, indeciso, como si nada en ella lo convenciera para explorar su rugoso tacto. Pero, tras un largo rato de análisis, se encogió y con un lánguido salto se encaramó a su asiento. Rugió disgustado al sentir como las astillas se clavaban en su delicada piel, aunque luego de un primer momento de tortura, acabó por acostumbrarse y se recostó plácidamente sobre ella. En ese momento, la silla fue completa y enteramente feliz.

Mucho tiempo permanecieron así, juntos e inseparables. Algunos opinaban que eran almas gemelas; otros, que eran ambos tan disfuncionales que habían aprendido a contentarse con las imperfecciones de su compañero. Pero llegó el momento en que el animal decidió marcharse por donde había venido. No causó mucho revuelo, simplemente se puso de pie y con un torpe salto cayó al suelo y se fue renqueando, quejándose con maullidos de disgusto por la sensación incómoda que la superficie astillada de la silla había dejado en su ser. Unos cuantos cabellos del gato permanecieron con la silla, adornándola con un arte tan mediocre como su propia tosquedad. ¿Quién podría quererla ahora, tan indecente e impresentable como el basural del barrio?

El gato la había querido tal y como era. Probablemente, lo seguiría haciendo por más que la hubiera abandonado. Después de todo, alguien tan particularmente anodino como aquella silla no se olvidaba tan fácil. La pobre encontró algo de consuelo en ese hecho, recordando los buenos momentos en los que el felino la había impregnado con su vital calidez. De pronto, creyó sentir una vez más el contacto del suave pelaje del animal con su propia dermis. Un cosquilleo la recorrió de patas a respaldo. ¡El gato estaba allí! ¡No la había abandonado! Entusiasta, quiso conmemorar aquel momento dirigiendo su mirada hacia el espejo empotrado en la pared, al otro lado de la habitación. Lo contempló, atónita. Cerró los ojos, contó hasta diez y los volvió a abrir.

La silla estaba vacía.




jueves, 1 de septiembre de 2011

Pandemonium

Solitaria es el alma del que espera, aferrada dulcemente a una plegaria.

Las tristes notas de un violín desafinado resuenan en el fondo de mi corazón, desgarradoras. ¿Quién ha osado desafiar a esta intrépida y valerosa fémina que hoy llora y desespera? ¿Qué razón me ha llevado a gritar, clamando una pena que en mi eterno mutismo fui incapaz de silenciar? 

Envuelta en el cobijo de la vana esperanza, perdida en el mar de la agonía, deslizo mis dedos sobre la superficie del cristal empañado y te contemplo, distante, lejano. Recuerdo aquellas noches cuando paseábamos a la luz de las estrellas, revoloteando cual mariposas en plena primavera. Dos jóvenes ingenuos, radiantes y lozanos.

No encuentro un motivo fehaciente para explicarte la pena que me corroe el alma, aunque me sobran razones para justificarla. Los desesperantes compases de una melodía poco propicia para una noche tan melancólica parecen ansiosos por quitarme la calma.

Te deseo. Esto va más allá de una simple necesidad espiritual. Te quiero para mí con ferviente y ardorosa ansiedad. ¿Qué me impide acercarme? El hecho de alejarte aún más.

Vuelve. Regresa al lugar del cual nunca te has ido, porque verdaderamente en él jamás has estado. No me busques, encuéntrame. Líbrame de todo vacío, de todo mal. Entiéndeme, mas no intentes comprenderme. 

Suena vacío cuando yo lo digo, pero si al menos lo intentaras, verías que es en esencia más ferviente cuando lo sientes.

Detenlo. Páralo ya. Mantén quietas las malditas agujas de aquel estúpido reloj de arena que no deja de correr. Rómpelo. Pero no dejes que los pequeños granos de azúcar escapen de tu presencia. Ahuyenta a las hormigas. Aleja los malos vicios.

Y llámame. Cuando todo haya terminado, cuando sepas que al despertar ya no habrá más sombras. Quiero luz. El fugaz resplandor de un rayo en la tormenta. Con eso bastará. 

Mójame, hazme sentir viva. Recuérdale a la lluvia que yo estoy aquí, que la espero. Igual que a ti. Pero tú ya estás en este lugar. ¿Realmente te has ido alguna vez? No entiendo. Es todo muy confuso.

Cállame. No me dejes seguir escribiendo. Córtame las manos, apaga mis pensamientos. Azótame. Lastímame hasta que ya no pueda esbozar un solo quejido para aplacar el suplicio. Y cuando me sea imposible caer más hondo… Elévame. Regrésame a la realidad con un beso en la frente y una caricia en el mentón. Hazme sentir una niña otra vez, devuélveme la alegría de sentirse inocente. Embriágame con tu sabiduría y enséñame a ser feliz una vez más.