domingo, 29 de enero de 2012

miércoles, 18 de enero de 2012

Expresarme

Hoy mi alma quiere gritar mis pensamientos. Y creo que voy a dejarla. Hasta que se desangre, hasta que muera del dolor.

Con la escritura potencio mis sentimientos, dejo salir esa parte oscura de mí que no tiene otro modo de expresarse. No puedo dejar que se escape de otra forma que no sea ésa, pues podría llevar a la destrucción del mundo que me rodea. Incluso del mío propio. Tampoco puedo mantenerla encerrada en mi interior, porque de ese modo, terminaría por matarme el alma. 

Muchas cosas se acumulan en mi cabeza. Demasiadas. Ese cúmulo de ideas que me llevan a sufrir la eterna contradicción de la mente del hombre. Quiero pero no quiero, vete pero quédate. Raro. Todo impregnado de rareza. Complicación, hastío, delirio.

Por eso debo quitarlas. A saber cómo lo haré. Lo bueno es que, al menos, ellas también quieren salir. Si no desearan hacerlo, estaría en un verdadero problema. De los grandes. Y no sé a ciencia cierta si podría sobrevivirlo.

Tampoco quiero averiguarlo.

jueves, 12 de enero de 2012

La ventana del alma

Casi un mes estuve sin permitirme expresar mis sentimientos. Debería resultarme extrañamente frustrante, pero descubrí que sólo fue agotador. Ahora busco una forma de encontrar una salida, una vía de descarga para todo aquello que estuvo encerrado, acumulándose. Y asombrada descubro que no la hay.

¿Pero qué demonios?

Decido mirar dentro de mí, abrir la ventanita que da a los pensamientos más escabrosos de mi alma. Introduzco mi cabeza bien adentro y le doy al interruptor que enciende la luz, esperando encontrar un maremoto de alborotadas ideas luchando por salir. Pero está vacía.

Desesperación.

¿Dónde están? ¿Qué diantres hicieron con los pedacitos de mi alma? Siento a mis ojos salirse de sus órbitas, explotando en un estallido de sangre y partículas nerviosas. Asco. Al menos la habitación del pánico ya no está vacía. La cárcel de mi alma ahora está manchada con despojos de mi propio cuerpo.

La lucha inicia.

En un combate a tientas contra mi propia ceguera, me arrojo como un animal desquiciado al interior de mi encierro personal. Es difícil, pues el hueco es pequeño, como para que los retazos intangibles de mi ser no puedan escaparse con facilidad de allí. 

Sin embargo, lo hicieron.

Siento mis huesos crujir al estamparme contra el suelo. La ventana estaba muy alta. Maldito aquel al que se le ocurrió diseñar algo tan poco propicio para mi alma. Me incorporo como puedo, pero los tobillos me fallan y la carne se desgarra al chocar mis huesos contra el cemento.

Dolor. 

No creo poder soportarlo por mucho tiempo más. No sin mi alma. ¿Quién me la habrá robado? ¿Por qué aún sin ella puedo seguir sintiendo? Creía que encerrando sus trozos en una prisión sin salida, podría controlarlo todo. Pero no pensé que sucedería esto cuando quisiera dejarlos salir.

Ya casi llega.

Siento a la muerte expandirse sobre mí, deshaciendo cada partícula de mi cuerpo, arrancándola con un doloroso ardor que me hace gritar. Una y otra vez. Mi piel se pega a las paredes del cuarto. La sangre recubre los huesos fileteados que las decoran para que no parezcan tan aburridas. Mis órganos cuelgan del techo, como adornos lúgubres que sin éxito buscan darle algo de calidez al lugar. 

Entonces, el regreso.

Los pequeños retazos de mi alma vuelven a aparecer por allí, casi como si nunca se hubieran ido. No puedo decir que los siento, pues yo ya no soy nada. Pero ellos regresan, ocupando todo el ambiente con una tranquilidad inusitada en algo que alguna vez provino de mí. De todos modos, era perfectamente comprensible que así sucediese...

Mi cuerpo se había convertido en la cárcel de mi alma.