martes, 28 de febrero de 2012

Disparo inmanente

Su silueta, efímera como la luz de un relámpago, se bamboleó unos instantes para luego caer de espaldas sobre la cama. No tardó en seguirla otra figura mucho más robusta e intrépida. Desnudos. Sus cuerpos se perdieron entre las sábanas, inmersos en un océano de deseo y pasión.

Un disparo. El áspero sonido resonó en la oscuridad, destrozando con su tajante sonido la monótona cadencia con la que había comenzado a moverse la pareja, presa de su ardiente rutina nocturna. Peligro. Ambos se detuvieron al unísono, separándose como si nada de aquello hubiese tenido lugar segundos atrás. Esa noche no sería destinada a satisfacer sus necesidades más promiscuas.

Ella cogió una enorme camisa y se la colocó encima de su cuerpo, a quien segundos antes lo vestía la nada. Uno, dos, tres pasos. Abrió el ropero y se ocultó en su interior. La puerta de la habitación se abrió de un golpe. Escuchó los dedos de él deslizarse por la mesa de noche buscando el revólver. Un ruido sordo. El arma había caído al suelo; era el fin de toda esperanza.

Otro disparo. Una mano tan suya como ajena a la vez le tapó la boca para que no gritara. Silencio, más silencio. Los pasos se alejaron por el corredor, pero la puerta no volvió a cerrarse. La estancia quedó vacía. Y ella, sola. Varias horas pasaron, hasta que las sirenas de policía comenzaron a escucharse en la lejanía. Ruidos. De pronto la habitación estaba llena de gente, aunque ella no podía verla aún le era posible escucharlos hablar y vociferar. Hasta que alguien abrió la puerta del armario.

Y la vieron. Brazos, manos, ojos y oídos, todos sobre ella. Dispuestos a ayudarla, sólo constituyeron un estorbo para su soledad. Molestias. No los quería, no deseaba a nadie de esos. Sólo lo quería a él, al cadáver que reposaba en el suelo con un hilo de sangre resbalando desde su sien hasta el parqué. Pero estaba muerto. Y ya nada iba a despertarlo.

Jamás se había sentido tan sola. Irónico en aquellas circunstancias. Había gente. Muchas personas a su alrededor. Nunca en su vida había estado tan acompañada y aún así el vacío se cernía sobre ella, hundiéndola en su gran pesar...

Hasta consumirla.


8 comentarios:

  1. Muy buena historia :)
    Y muy buen blog también, me sorprendí de haberlo encontrado tan de casualidad ya que estaba en un perfil y en vez de hacer click en la dirección url del blog, me confundí y entré a "la vela puerca" y eras la primera en la lista de los que tienen agregada la banda a sus gustos.
    Así que así casualmente me encontré con vos y voy a seguirte leyendo! te sigo (:

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  2. Excelente historia, pude imaginarmelo todo.

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  3. Leí otras de tus entradas y realmente me encanta como escribes. Tu si q sabes, no como otras q no nacimos con el don de la palabra y nos pasamos la vida citando autores, genios, q nustra mente memorizó de manera inconsciente.

    Pero por lo visto las dos somos unas devoralibros.

    (Uix. Menuda historia. casi duele)

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  4. Me la imagino allí, temblando, sin pestañear, dentro del armario y suplicando que aquello no fuera verdad...

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  5. Me has puesto la piel de gallina esta vez. Completamente atrapada por tu relato, señorita.

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  6. Ahí está. Límpida e imposible de confundirla con una idea siquiera similar: la vorágine autodestructiva capaz de exterminar un alma sin molestarse en alterar su intacto contenedor. Hay necesidades indispensables, así como las hay imprescindibles por obras de convencionalismos que en secreto intentan socavarnos. Y es que no tendría sentido una naturaleza destructiva si inevitablemente no se vuelve en contra de su dueño.

    Siento miedo, sin embargo, de cuanto peor llegue a ser todo el día infame en que se deseche de nuestro espíritu todo aquello que obstaculiza el intento a un estado menos malogrado.

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