jueves, 9 de febrero de 2012

Odisea del pie izquierdo

Caminaba. Sin prisa pero sin pausa. No podía hacer otra cosa. Era eso o llorar. Pero el día no estaba para derramar el llanto. Había sido tan idiota, tan ilusa. Pero había sido su culpa, de nadie más. Ningún otro ser humano la había enviado a perseguir sueños tan vanos como los que la habían llevado aquel día a esa calle. 

Acicalada como pocas veces se la veía, pero aún así luciendo increíblemente natural, se subió al colectivo que la llevaría a destino. Entusiasmada, esperanzada. Aquel era el día, el momento, el lugar. Los latidos de su agitado corazón lo afirmaban. Los minutos pasaron, la hora también. Un par de cuadras y allí estaba, finalmente. Ese era su momento, podía sentirlo.

Ring, ring. Sonó el timbre. Entonces, empezó la decadencia.

En ese instante en que sintió estar de pie en la cima gloriosa del mundo terrenal, se topó con la álgida realidad, que la transformó automáticamente a un pequeño despojo humano. Que pim, que pam. Todo acabó más rápido de cómo creyó que había comenzado. Ni siquiera tuvo tiempo de saborearlo. Tampoco había qué disfrutar, a decir verdad. Nada, nada de nada.

Miles de sueños se vieron reducidos a cenizas en cuestión de momentos. Sólo le quedó la nada, que aún con su presencia no logró reemplazar en su plenitud la ausencia de todo lo demás. Lo que había tomado por un príncipe, se había vuelto un sapo feo y verrugoso. Al carruaje que se suponía debía esperarla para regresar, se lo había llevado el viento. No había a lo que aferrarse para sostener las imperiosas necesidades que su amedrentado espíritu debía satisfacer. Y por eso empezó a caminar. Muchas cuadras, unas cuantas horas, varios días. 

Aquello le había pasado por comenzar el día con el pie izquierdo. ¡Con lo fácil que es pensar qué planta apoyarás primero! Cosas de la vida, dicen. De su vida. O de la mía. Pero... Si es de la mía propia, ¿a quién le voy a reclamar por el seguro de recomposición de mis emociones rotas?

Andá a cantarle a Gardel, me dijeron, a ver si te escucha.



3 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho el comienzo. Caminaba sin prisa pero sin pausa, no podía hacer otra cosa, eso o llorar. Me siento muy identificada. A veces no tengo ganas, pero aún así sigo adelante, por eso mismo. Porque es eso o llorar.

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  2. Me ha encantado el texto, pero, si no vivimos de ilusiones, de que debemos vivir?
    A veces es mejor soñar, y así abstraerse del mundo en el que vivimos, que ser realista, pero no rozar jamás la más absoluta felicidad

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  3. Al final del día siempre resulta ser que se descubre una verdad que jamás termina de presentarse horrorosa: solamente estamos nosotros. Nosotros y el mundo. Nosotros y las macabras argucias con que el destino nos sumerge en la ilusa creencia de sabernos en compañía. ¿Será tan sencillo como lo parece aquella imprescindible tarea de iniciar con el pie adecuado?

    Pareciera que a mayores esfuerzos, más profundo acaba siendo el pozo en que luego iremos a caer.

    Es bueno soñar. Una necesidad vital, en todo caso...

    Pero no hace falta engañarse. Tarde o temprano será necesario abrir los ojos.

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